
El Colombiano 2018 10 13
Mañana domingo serán canonizados dos santos
contemporáneos, que para muchos de nosotros fueron coetáneos nuestros: el papa Pablo VI y el arzobispo de
San Salvador, Arnulfo Romero. Y es por lo que
me fui a hablar con el padre Nicanor, mi tío, pues es devoto de los dos y los
admiró mucho a ambos en la vida y en la muerte. Por lo demás, quién sino el
viejo Nicanor puede o se atreve hoy a hablar de santos en un periódico. Uno,
profano o descreidón, casi que blasfema de ellos cuando los menciona.
—Supongo, tío, que está contento con la
canonización del papa Montini y del arzobispo de San Salvador.
—Aunque me temo, sobrino impertinente, que estés
tramando alguna zancadilla para hacerme decir bobadas, sí te confieso que
admiro a estos dos nuevos santos. Y les rezo, claro.
—Y le hacen milagros, apuesto.
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San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez |
—Ni me los hacen ni se los pido. O mejor, me los
hacen sin yo pedirlos y casi sin darme cuenta. Simplemente su vida, sus
ejemplos, sus enseñanzas me iluminan y me ayudan en la existencia cristiana, en
esta vida de fe que tanto nos perturba e inquieta, en ese «ser o no ser» en que
termina a menudo nuestro cristianismo.
—Barájamelo más despacio, tío. ¿A qué viene citar a
Shakespeare para hablar
de nuestros nuevos santos?
—De Montini, al menos. Aunque el asesinato de
monseñor Romero tiene también un toque perturbador de tragedia shakesperiana. Te
quiero decir que in illo tempore en Roma, llamaban a
Pablo VI el hamlet del Vaticano. Supongo que por el drama y la angustia con que
tuvo que afrontar en el posconcilio. Pero no te voy a hablar de eso hoy. Ya
habrá tiempo. Simplemente quería contarte una anécdota que, para mí al menos,
aunque fue un segundo fugaz, se mantiene viva en el recuerdo.
—Cuente, tío, cuente.
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San Pablo VI |
—Ahí va, hijo. Resulta que a este viejo cura, por
sus pecados, le tocó estar en Roma cuando el pontificado de Montini. Cierto día
invitaron a la colonia eclesiástica de Colombia en Roma a una audiencia papal.
Monseñores, curas, religiosos, monjas y seminaristas se agolparon en torno al
papa. Cuando terminó y se dirigía hacia la puerta, se me ocurrió extender la
mano y presentarle un crucifijo que llevaba conmigo. Lo vio desde lejos, llegó
donde yo estaba y besó el Cristo. Fue apenas un segundo. Pero se me quedó
grabado el azul de sus ojos, una mirada directa y penetrante, dulce y al mismo
tiempo inquietadora. Guardo esa imagen y ese recuerdo como un tesoro. Pero
sobre todo conservo vivos sus ojos. Tal vez te regale este crucifijo que besó
san Pablo VI.
—Buen recuerdo, tío. Habrá que dejar algo, o mucho
más, de estos dos santos para otro día.
Laus Deo Virginique Matri