martes, 2 de septiembre de 2014

La práctica de la humildad 1 de 63

Queridos lectores: Una amiga me regaló unas fotocopias de un libro antiguo en el que el Cardenal Joaquín Pecci, obispo de Perugia (posteriormente S. S. León XIII) presentaba 60 puntos que dan la clave de la humildad. Yo transcribo ese libro en este blog en 63 entradas (los 60 puntos y tres notas introductorias).

Gabriel Escobar Gaviria

La práctica de la humildad

S. S. León XIII

Siendo obispo de Perugia el que luego sería el Papa Pecci (S. S. León
XIII), apareció, por mandato suyo, la primera edición italiana de La práctica de la humildad.


Aunque todas las ediciones aparecidas, tanto italianas como españolas, lo hacen bajo su nombre, no está totalmente claro que la obra se deba a su pluma.

Aun cuando fuera cierto, como afirman algunos, que a León XIII únicamente se debe la Introducción, el resto de su contenido debió ser profunda-mente conocido, meditado y, recopilado por él.


Se trata de 60 puntos que constituyen un guion de cómo se debe vivir para conseguir la virtud de la humildad. «No creas que vas a adquirir la humildad sin las prácticas que le son propias» (punto VII). Este procedimiento directo, al alcance de cualquier mano, tuvo necesariamente que influir en la vida de Joaquín Pecci, hasta el punto de que cabe dudar de si transcribió al libro la experiencia del ejercicio de su propia virtud o si aprendió en el manuscrito anónimo la práctica constante de la humildad.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El tren de la vida

Nuestra vida debería ser un tren: Dios la locomotora, Jesús el maquinista, el Santo Espíritu el combustible..., y nosotros los vagones.

Ahora, el vagón es un gran vehículo donde sube la gente, para ir a algún lugar...

Si nuestro vagón lo ponemos en el tren de la Trinidad, entonces podremos conducir a muchos a donde va Dios.

Sí, sí.

Es bueno dejar que Dios sea la máquina, el piloto, y el combustible..., 

Iremos a lugar seguro, y a los que llevemos les espera un buen destino.


En Jesús, María y José, 

Raúl Clavijo.

domingo, 24 de agosto de 2014

Amar a Dios sobre todas las cosas

A veces se nos hace difícil esta consigna: Amar a Dios sobre todas las cosas, aun por encima de nuestros mayores afectos, nuestros padres, nuestro cónyuge, nuestros hijos,  nuestros amigos...1.

Nos parece radical y excluyente, este amor que Dios nos reclama. Y hasta nos hace tambalear.

Pero es un problema de entender bien:

Cuando le avisan al Señor:

—Allí están tu madre y tus hermanos...

Él contesta...

Tomado de Ramón Viloria
—Mi madre y mi hermanos... Es aquel que oye mi palabra y la practica2.

También suena duro, pero allí el Señor no está más que mostrándonos un camino cierto.

María es «... la que oye, guarda y medita en su corazón la palabra de su hijo»3, y sin duda la pone en práctica.

Jesús reconoce en María una maternidad no solo física, sino del corazón, y nos la pone como el más alto ejemplo de cómo hay que amarlo, y de cómo llegaremos a ser sus verdaderos hermanos.

Dios nos pide un amor absoluto, porque Él es el Amor Absoluto, y amándolo a Él por encima de todo, llegaremos a tener el amor prefecto con que amar a nuestros hermanos, cónyuges, amigos, etc.

A qué temer, entonces, con este requerimiento, que mucho más que exigencia es verdadera misericordia, de un Dios que nos quiere bien, y nos quiere plenificar a todos en su Amor.

Qué grande es Nuestro Padre.

Alabémosle una vez más, por todo esto que nos pide y nos enseña.
Amemos sin reservas «Al Amor de los Amores», y aprenderemos a amar bien a nuestros amores.

En Jesús, María y José.
Raúl Clavijo.

1 Mt 22, 36-38.
2 Mt 12, 46-50.
3. Lc 2, 51.


miércoles, 30 de julio de 2014

¿Y si el Cielo fuera real?

Por Carmen Elena Villa B.









cvillas@fraternas.org

Tomado de El Colombiano (14-07-29).

¿Por qué la muerte de algunos seres queridos, más que un dolor desesperante, nos produce una tristeza llevadera, acompañada de una inmensa paz en el corazón? ¿Tiene algún sentido la vida si todo termina con la muerte?

Estas preguntas me vinieron a la mente luego de haber visto la película El Cielo sí existe, basada en el libro El Cielo es real y en la historia real de Colton, un niño que a los tres años, durante una riesgosa operación, pudo salir de su cuerpo, ver la sala de cirugía, ver a sus padres orando por él y luego encontrarse en un túnel, y degustar por tres minutos la Eternidad.

Sorprende de esta historia, como ha ocurrido con otras similares, que Colton describe aspectos de la vida eterna, en los que creemos los cristianos y de los cuales él, por su corta edad, no tenía conocimiento previo. Estremece saber que durante este breve viaje, Colton se encontró con su hermana, quien murió en el vientre de su madre por un aborto involuntario. Algo que el pequeño hasta el momento ignoraba.

Esta no es una película que busque venderles la idea del cielo a quienes no creen en la vida después de la muerte, pero creo que sí nos hace preguntar por qué algunas personas han tenido la experiencia de ver el más allá desde esta realidad terrena. Muchos coinciden en que la belleza supera cualquier parámetro humano. Que la paz y la felicidad que se sienten allí son las que anhela toda alma en este terreno peregrinar.

Y claro, algunos quieren darle una explicación científica a esta experiencia de encuentro con lo eterno, diciendo que se trata de una alteración cerebral por falta de oxígeno, en la que algunas personas sueñan con las realidades en las que creen. En algunos casos podría ser así, pero no creo que la alteración cerebral sea capaz de hacer que personas experimenten en primera persona aquello que revelan las verdades escatológicas, aún sin tener conocimiento de ellas, como le pasó al pequeño Colton.

El cielo es real me hizo pensar en ese anhelo de infinito que tiene el alma humana y que solo puede ser saciado con lo eterno. A pesar de que la película no es católica, me hizo recordar las palabras de Benedicto XVI sobre la vida eterna, la cual describió «... no como un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad».

Esta película ha tenido muchas críticas sobre su narrativa, los pobres efectos especiales y, por supuesto, su contenido, pero creo que deja un mensaje claro: si pensáramos permanentemente que hay un más allá, viviríamos de manera más coherente en el más acá.

La experiencia de la muerte nos estremece, nos hace encontrarnos con el valor de la vida y con la necesidad de vivirla rectamente y si es posible, santamente. Quizás por eso hay personas que tienen el don de asomarse a la eternidad, para recordarnos hacia dónde vamos y para que encaminemos nuestra vida hacia esa dirección.

Carmen Elena Villa B. Es una columnista católica de El Colombiano, el primer diario de mi ciudad, Medellín. Ella Pertenece a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Sus artículos aparecen, por lo general, los martes

domingo, 27 de julio de 2014

¿Cómo nos llamábamos los cristianos antes de llamarnos «cristianos»?

De la página web Los primeros cristianos

¿Cómo nos llamábamos los cristianos antes de llamarnos cristianos?

Un breve artículo de Carlo Carletti en L´Osservatore Romano abordaba un aspecto concreto de la construcción de la identidad cristiana en los primeros tiempos: la forma en que los miembros de la nueva comunidad religiosa se llamaban unos a otros.

El nombre Christianus sólo empezó a difundirse en Occidente lentamente, a partir de la conversión de Constatino en el siglo IV.


La respuesta está en las lápidas


Un breve artículo de Carlo Carletti en L'Osservatore Romano abordaba un aspecto concreto de la construcción de la identidad cristiana en los primeros tiempos: la forma en que los miembros de la nueva comunidad religiosa se llamaban unos a otros.

La palabra Christianus [cristiano] sólo empezó a difundirse en Occidente, y con mucha lentitud, a partir de la conversión de Constantino, el emperador que con el edicto de Milán del año 313, en virtud del cual la religión cristiana comenzó a dejar se ser perseguida y acabó convirtiéndose en la religión del Imperio.

Antes de esa fecha, la fraternidad cristiana no sólo como virtud, sino también como forma de vida, había hecho cuajar la fórmula «los hermanos» para referirse a los demás miembros de la Iglesia. Así se plasma, por ejemplo, en diversas inscripciones funerarias, donde el deseo de autorrepresentación evidencia este hecho.


Tres lápidas...


Carletti se fija por ejemplo en una lápida en torno a al año 220, que se expone en el Museo Nacional de Roma, donde Alejandro, el padre del difunto (Marco), ambos siervos, se dirige en primera persona a quienes lean la lápida: «Os pido, buenos hermanos en el nombre del Dios único, que tras mi muerte nadie dañe esta tumba». Dado que la lápida no estaba en una catacumba, sino en un cementerio donde había tumbas cristianas y paganas, la expresión hermanos adquiere un valor identificativo.

Lo mismo pasa con el que se considera el primer elogio funerario latino de la comunidad cristiana de Roma, en torno al año 270. Se conserva en una de las zonas más antiguas del cementerio de Priscila. Son también unos padres que entierran a su hija Ágape, de catorce años, quien al final de los hexámetros se dirige a ellos: «Eucaris, madre mía, y Pío, padre mío, os pido, hermanos, que cuando vengáis aquí a rezar y en todas vuestras oraciones invoquéis al Padre y al Hijo y os acordéis de vuestra querida Ágape, para que Dios Omnipotente la conserve en la eternidad». De nuevo la expresión hermanos, referida imaginariamente a los padres, alude a su condición de cristianos.

No cerca de la tumba de Ágape está la de Leoncio, unos veinte años anterior, donde sus amigos le despiden así: «Leoncio, paz te desean los hermanos. Adiós».


... y dos referencias


Este hecho notorio de que los cristianos, antes de existir este nombre, se llamasen hermanos, sorprendía a los paganos, como recoge Minucio Félix en su imaginario diálogo Octavius: «Se aman casi antes de conocerse... y se llaman sin distinción hermanos y hermanas».

Y un siglo después Lactancio explica: «No hay otra razón para llamarnos 
hermanos que el hecho de que nos consideramos todos iguales. Esclavos y libres, grandes y pequeños son iguales entre sí y ante Dios se distinguen sólo por la virtud».

La hermandad como identidad, y la identidad en Cristo: dos denominaciones sucesivas, pues, y un mismo principio que ya latía en los siglos de los mártires.
Seleccionado por Gustavo Otero.

martes, 22 de julio de 2014

A propósito de perdón

Gabriel Escobar Gaviria

Entré en una papelería de Envigado, la ciudad donde vivo, con el fin de comprar un cuaderno que usaría para tomar notas en las conferencias de preparación al Ministerio de la Sagrada Comunión.

Al entrar esperé a que una joven vendedora terminara una conversación con un joven al que había atendido.

No puse mucha atención a la conversación, pues era intrascendental para mí. Pero alcancé a escuchar que el joven, antes de dar la vuelta para dirigirse a la puerta, le hizo una invitación a la dependiente para algún programa propio de la juventud.

A esto ella le contestó en forma etérea como de esas respuestas que se dan sin compromiso alguno y en las que se asegura aceptar una invitación, sin intención de que se cumpla. Mientras ella daba su respuesta el joven alcanzó la puerta y con una sonrisa desapareció de nuestra vista y continuando su camino en la calle.

Durante el tiempo que el joven estuvo presente yo no observé en él ninguna expresión ni comportamiento que me causaran indignación o aversión, aunque, como ya dije, no fue mucha la importancia que le di.

Sin embargo, la vendedora, hermosa como muchas mujeres de mi región, continuó como si se siguiera dirigiendo al joven, que por supuesto ya no estaba escuchando:

—... sobre todo, que voy a ir con vos, como me caés de mal. ¡Te detesto!

Esas palabras las alcanzamos a escuchar una compañera suya que estaba cerca, y yo que estaba esperando a que ella se desocupara. Estoy seguro de que las dijo con toda la intención de que su compañera las escuchara.

Su compañera preguntó:

—¿Pero por qué te cae mal?

—No lo sé, pero le tengo un odio enorme, enorme y no sé por qué.

—¡Huy!, ¡odios, odios! —empecé a decir, y tenía la sensación de que esas palabras no eran mías, pero que alguien las estaba sacando por mi garganta— ¿Acaso no sabes que al final nos van a preguntar cuánto odio tenemos y con la mima medida nos medirán?

La joven clavó sus hermosos ojos en los míos como pretendiendo indagar de dónde salían esas palabras, pero «yo» continué:

—Si supieras por qué odias a ese amigo tendrías que orar mucho para perdonarlo; pero como no sabes, el mal está en ti y debes orar mucho más para erradicar ese mal de tu ser.

El rostro de la joven se tornó suplicante y sin apartar sus ojos de los míos, exclamó:

—¡Orar, perdonar...! ¡Gracias, señor, por lo que me dice! ¡Ayúdeme a orar!

—Lo haré.

Hagámoslo

Envigado, 1.° de marzo de 2012

sábado, 19 de julio de 2014

Tu es sacerdos in æternum secundum ordinem Melchisedech


«Accipite Spiritum Sanctum. Quorum remiseritis peccata, remissa sunt eis; quorum retinueritis, retenta sunt». Jn 20, 22-23. «Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes los retuviereis, les serán retenidos».

Anécdota a propósito de los versículos 22 y 23 del capítulo 20 del Evangelio según San Juan.

Gabriel Escobar Gaviria

Era uno de los años finales del siglo XX. Me desempeñaba como jefe de una zona de la Empresa Antioqueña de Energía; desde el municipio sede atendía el servicio eléctrico de otros municipios y poblados de la región.

Disponía para mis desplazamientos de un vehículo con chofer. Gilberto, el chofer asignado, era un feligrés de una iglesia de hermanos separados presente en el municipio de nuestra sede. Durante los viajes me gustaba conocer las diferencias doctrinales de su Iglesia con respecto a la nuestra, sin que significara que convirtiera las comisiones en una inútil discusión de ideologías.

En una ocasión que regresábamos de uno de los municipios atendidos nos encontramos con un campero en el que venían varias personas. Gilberto me pidió autorización para ir a saludar a esas personas pues pertenecían a su Iglesia. Efectivamente fue a saludarlas y regresó a los pocos minutos y reanudamos la marcha.

Retomado el camino hacia la sede, Gilberto puso tema de conversación:

—Y, ¿sabe qué?, ingeniero, venía el nuevo pastor para uno de los pueblos de nuestra región.

—Ah, les nombraron pastor nuevo. —fue mi respuesta, desprovista de todo interés.

—Sí, ingeniero; y ¿sabe qué?. Era un sacerdote católico, pero se pasó para nuestra Iglesia. —Ése era el puntillazo que quería poner Gilberto para tener tema de conversación por el resto del viaje.

—¡Ve, qué raro! —Fue mi seca respuesta y puse algún tema de reemplazo. Durante el resto del viaje esquivé los tiros que me hizo Gilberto para poner el tema sobre el tapete.

Cuando llegamos a casa, antes de bajarme del vehículo dije a Gilberto:

—Gilberto, hágame un favor.

—Con mucho gusto, ingeniero.

—Dígale al padre que está invitado a almorzar en mi casa y que escoja día.

—Con mucho gusto le doy su razón al pastor, ingeniero.

—Ah, Gilberto, acépteme mi invitación para el mismo almuerzo.

—Muchas gracias, ingeniero, vendré con él, el día que él escoja.

Al día siguiente, Gilberto se presentó al trabajo con la razón de que su pastor me acompañaría en el almuerzo del sábado siguiente.

Dispuse las cosas en mi casa para que la señora que me trabajaba hiciera un almuerzo especial y bien gustoso para tres personas el sábado de esa semana. La jornada de la señora los sábados era hasta las 12:30 pues yo llegaba  a almorzar a las 12:00 y ella se retiraba a su descanso de fin de semana después de mi almuerzo. Aquel sábado por cortesía (o por curiosidad) se quedó hasta servir el almuerzo de los tres y hasta que terminamos; después arregló la cocina y se marchó.

Durante el almuerzo y después de él, le hice al padre algunas preguntas no con el ánimo de polemizar, pues no me consideraba digno contendor de un hombre que había tenido que estudiar dos teologías, sino más bien como curiosidad de ver cómo logró pasar de una a otra en aspectos en que entraban en contradicción. Sé que no van a ver con buenos ojos que después de quince años yo les diga que no recuerdo los temas que tratamos. No consistía —como ya dije— en ganar o perder, sino en contemplar diferencias.

Sólo recuerdo desde cuando llegamos al Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación como llamamos ahora. De plano rechazó el que Jesús hubiera hablado de ello alguna vez. Desconoció que el versículo Mt. 16, 18 fuera la evidencia de la supremacía de Pedro y de sus sucesores y que el de Jn 20, 22-23 fuera la institución de algún sacramento.

Abrí el Catecismo de la Iglesia Católica para leer algunos parágrafos a partir del 1422 y aunque dijo desconocer que la Iglesia hubiera sacado ese Catecismo, era maravillosa la forma, prontitud y documentación con las que respondía a cada uno de ellos. Estaba bien preparado para un examen como ese. Anticipo que aunque acabo de decir que eran maravillosas sus respuestas no quise decir que mi fe se hubiera movido un micromilímetro: mi admiración fue hacia la prontitud y exactitud de sus respuestas no de su contenido.

Al fin tuve que decir como Kico: «Me doy» y le propuse la siguiente parábola al sacerdote:

—Mire, padre, voy a cerrar este libro, de todas maneras usted tiene una respuesta para cada uno de sus renglones y para cada uno de sus párrafos. En este pueblo puede suceder cualquier cosa —me empecé a referir a que el pueblo sede ha sido uno de los municipios de mi país que más han sufrido el problema del conflicto armado—, la puerta de la calle está abierta y supongamos que ahora mismo pasa un guerrillero corriendo; detrás de él, un paraco —así les decimos a los paramilitares— disparando; una bala entra y me da, caigo al suelo desangrándome; yo sé que «Tu es sacerdos in æternum» porque eso me lo ha enseñado mi Iglesia y usted también lo sabe porque se lo dijeron el día de su ordenación. Basado en ese convencimiento, me dirijo a usted implorándole me escuche en confesión y me dé la absolución de mis pecados. Esta es mi pregunta: «Padre, ¿usted me dejaría morir sin confesión?».

Aún estoy esperando la respuesta.

Envigado, 19 de julio de 2014